martes, 7 de junio de 2011

Tal, el padre perfecto.

Imagino que como para muchos de ustedes, mi sueño siempre ha sido ser como Forest Gump... o no?
Este chaval era tremendo, tremendísimo; ¡una máquina!
El señor Gump fue capaz de convertir todos los sueños enclavados en el "sueño americano" en el transcurso de su vida, por imposible que parezca. Cierto es que, para todo lo que hizo, uso una importante suma de años pero su aspecto casi no parecía perecer: fue olímpico con la selección yankee (algo que cuesta conseguir una serie de años), jugador profesional de la NFL (otros tantos años más); pero sin embargo, el no envejecía. Y eso sin contar el tiempo que tuvo que estar en la US Navy para poder ser héroe militar en la guerra de Vietnam o el tiempo que transcurría sentado en un banco: dándole de comer a las palomas, contándole sus batallas a transeúntes varios que se quedaban boquiabiertos y enseñando al resto del mundo que, con gotas de constancia e imaginación, se puede conseguir lo que uno se proponga... SIEMPRE QUE SEAS "AMERICANO" (estadounidense sería lo correcto pues no me imagino a un peruano o salvadoreño -por ejemplo- siendo capaz de lograr tantas cosas "importantes" en una vida).
Pero esto no es todo amigos (como diría el hermano malo de Buggs), Gump... ¡era tonto! o por lo menos eso parecía (cierto es que la cara de Tom Hans ayuda a ese parecer). Pues lo dicho, Forest Gump se convirtió en una persona increíblemente importante en lo EE.UU. siendo discapacitado ¿y todo gracias a quién? Pues si, a su madre.
La madre de Gump. Esa mujer que se desvive por un hijo ignorante de la vida (que diría Mariano, padre de Emilio el portero). Lo educa de manera envidiable: un chico respetuoso con las palomas y transeuntes aburridos; lo cuida tanto que Forest parece inmortal (el tiempo no pasa por él) y nos hace ver que no hay madre (o padre) mejor en el mundo que la señora Gump. Mrs Gump.
Pués gente... ERA UNA PELÍCULA. Y si queremos tener ejemplos ficticios de padres magníficos, maravillosos, grandiosos, espectaculares (como diría mi profesora de matemáticas del instituto, Rogelia), aquí, en la cultura española, tenemos uno que es aún más legendario y mítico que Mrs. Gump aunque lo tengamos en el olvido. El señor Tal.
El señor Tal es, como pasa con Mrs. Gump, desconocido por sí mismo. Nunca oirás a nadie hablar de Tal y sus proezas ni de batallas heroicas (en Jinamar puede que encuentres a alguien nombrar a "Taquicuá", pero son variantes que no vienen al tema). Tal es conocido gracias a su hijo.
El hijo de Tal ha sido galardonado con premios de toda índole durante toda su vida (y créanme, ha sido larga). Tal es el ejemplo, repito, EL EJEMPLO que todo padre y madre quiere para su hijo, EL EJEMPLO que todo deportista quiere ser para su afición y viceversa, EL EJEMPLO de matrimonio, de amor, odio y demás sentimientos; el hijo de Tal es, por sí mismo EL EJEMPLO y todo gracias a su padre. Porque sin Tal, Fulanito no hubiera sido quien es, FULANITO DE TAL.

jueves, 2 de junio de 2011

Me encanta Madrid

Un extraño sentimiento de culpa se apoderó de mis pensamientos cuando ya casi llegaba a la glorieta de Embajadores. Acababa de cruzar Lavapiés, ese histórico barrio marginado por las clases altas, por la calle Mesón de Paredes. Mientras bajaba la empinada cuesta, a la altura del restaurante senegalés, el Baobab, me encontré con Abdul:
-Naka nga def ?- me pregunta con su habitual sonrisa.
-Mangi fi rek - le respondo.
Fui capaz de percibir las sonrisas de dos senegaleses que acompañaban al simpático africano, mientras seguíamos con la breve conversación que acostumbramos tener cada vez que nos vemos. Pensé que mi acento Wolof les hacía gracia y esbocé una sonrisa aprobando esa diversión que les estaba provocando mi humilde forma de hablar su idioma.
Todo esto me hizo reflexionar. La vez anterior que había hablado, tampoco fue en mi idioma materno y una ráfaga de ideas invadieron mi cabeza cual tropa de caballería pesada. Visualicé a mi alrededor. Unos chicos montando un escenario para una actuación de Bollywood; un bar, La misa de las 8:00, dónde pude ver un cuadro del Che; un mulato, con una cuchilla en la mano, hablando y riendo en la puerta de una barbería con un jovial acento de las Antillas; y yo. Fuí capaz de verme a mi, descendiendo por la calle a buen ritmo y empecé a recordar todo lo que había pasado por delante de mis ojos en aquellas dos horas de caminata.
Acababa de salir de la facultad, una brisa refrescaba el ambiente y me animó a hacer el camino que separa la universidad de mi casa andando. Pasé por la Casa do Brasil para recoger el diploma de portugués. Allí me recibieron con la alegría que es usual en los brasileños y me entretuve hablando un rato con los administradores del colegio mayor. Diez minutos más tarde ya estaba entrando en la calle Princesa, el habitual tumulto de gente no hizo perecer mi estado anímico. Solamente Silvio Rodríguez perturbaba mis sentidos con su tranquila música.
Anduve a través de la calle esquivando personas a las que tu existencia les preocupa más bien poco: una mujer mayor paseando a su perro, una chica encolerizada a la salida de un comercio, una pareja que sonreía mientras caminaban medio abrazados y aquella chica de la falda negra que tenía dos perlas por ojos. Poco me importaba, realmente me daba cuenta de que empiezo a comportarme como un "humus" de ciudad, en cambio sí era capaz de ver lo alegre que es un día normal en una calle de Madrid.
Llegaba a Ventura Rodríguez cuando una guagua paraba en doble fila y una cantidad ingente de orientales descendían del vehículo y entorpecían mi paso. Me mezclé y observé como unas mujeres de avanzada edad señalaban la residencia de la duquesa de Alba y comentaba algo a su acompañante, yo proseguía.
Pasando la Plaza de España comencé a ver la cuesta arriba que me esperaba en la entrada de Gran Vía y decidí no aminorar la marcha. Más y más gente. Muchas cabezas se cruzaban en el horizonte y Silvio entonaba, por segunda vez, la canción "Mariposas". Acababa de llegar a Callao y recordé que no había visto aún la Puerta del Sol desde que se desencadenó el movimiento revolucionario. Alargué mi zancada para llegar lo antes posible.
Ya en Sol, me introduje en el laberinto de casetas de acampada cotilleando y me abrumó un sentimiento de emoción al pensar que aquello podía ser el camino correcto. Qué podría ser historico todo lo que allí acontecía. La emoción hizo que mi sistema nervioso me recordara que estaba comenzando a cansarme. Aún me quedaba un buen rato para llegar a casa.
Seguí camino a la Plaza de Jacinto Benavente y luego a la Plaza de Tirso de Molina antes de entrar en Lavapiés. Crucé Lavapiés por Mesón de Paredes hasta la glorieta de Embajadores.
Mi cabeza ya había dejado de pensar en el pasado inmediato, en ese momento todas mis ideas estaban centradas en lo bonito que es esta ciudad. En Abdul, los dos senegaleses y los japonenes del autobus. En la Casa de Brasil. En la Spanish Revolution y en la chica de las perlas en las cabidades oculares. En el porqué estoy aquí y porqué aun no he huido. En mi avivado ritmo a la hora de andar y mi despreocupación para con la gente de mi alrededor. Y en que vivo en la ciudad con más oportunidades de este, nuestro, país. Y en todas esas cosas que no son parte del pasado inmediato, sino del própero futuro que me espera.
Y entonces... y entonces entré en la calle Jaime el Conquistador. Mi barrio. La gente que me quiere. Aquellos que me apodan simplemente usando mi gentilicio y me recuerdan que no soy uno más en el cómputo de esta ciudad. Porque, a fin de cuentas, vivir "debajo del puente del río", como nos recuerda Pedro Guerra, no es tán malo si puedes recordártelo cada día que pasa. Pués Madrid es la ciudad donde vivo y adoro vivir aquí aunque muchas veces no lo recuerde, me encanta Madrid. Me encanta y temo que llegue el día en el que eche de menos esta majestuosa ciudad.